Novedad editorial recomendada (09.07.09)



Actas de Mayo Negro:
13 Miradas al Género Criminal

de Mariano Sánchez Soler y varios autores
1ª Edición, 245 págs., rústica

Mayo Negro nació en 2004 a partir del Taller de Novela Negra de la Universidad de Alicante, impartido por Mariano Sánchez Soler. Durante cinco años, en la última semana de mayo han desfilado por la Sede universitaria Ciudad de Alicante grandes autores, cineastas, cultivadores y estudiosos negro-policiaco, en comic, cine y literatura.

El libro "Actas de Mayo Negro. 13 Miradas al género criminal", recoge en perspectiva las reflexiones, panorámicas, ensayos y crónicas en torno al género criminal, escritas por destacados escritores y especialistas. El libro del quinto aniversario de Mayo Negro, que nos sirve para conocer las claves del género, desde Poe, Hammett y Chandler, y comprender por qué las ficciones criminales son las más leídas del mundo.

Por gentileza de los escritores David G. Panadero y Carlos Pérez Merinero, me complace ofrecer a los lectores del blog el capítulo íntegro "Madrid, ciudad no conquistada". Muchas gracias.

Madrid, ciudad no conquistada
Carlos Pérez Merinero y David G. Panadero

Para los entusiastas del género negro, hay multitud de escenarios que las películas y las novelas han convertido en míticos. Su sola mención evoca un ambiente muy especial y nos hace recordar a multitud de personajes, que ya son viejos conocidos. Para viajar allí, para reencontrarnos con esos personajes, sólo necesitamos una buena dosis de abstracción, y la compañía de un libro.

Posiblemente, ningún guía turístico nos podría mostrar esos espacios tal y como los hemos leído, porque –empezamos a sospechar en nuestra condición de sospechosos habituales– esos espacios no existen realmente más que en algún rincón de nuestra imaginación.

Por más que los autores de novela negra se esfuercen en mostrarnos una ciudad “con total objetividad” –obsérvese que entrecomillamos la manida expresión–, acaban por ofrecernos esa ciudad desde su propia perspectiva. No hace falta añadir que esa perspectiva está matizada por las vivencias y sentimientos del autor. Finalmente, en el resultado se funden el retrato de la ciudad, y las pequeñas traiciones que comete la ficción contra la realidad para resultar coherente. Por encima de todo está la mirada del autor, que, insistimos, es la que otorga personalidad al conjunto.

El barrio de Chinatown, Queens, el Bronx, Little Italy, los clubes nocturnos de Chicago, el Soho londinense, los subterráneos de Viena, la decadente Venecia, el bullicioso barrio de Montmartre o esos preciosos naranjales de California, cada vez más escasos por los agresivos planes urbanísticos, se han convertido en espacios que nos cautivan, engrandecidos por toda suerte de referencias literarias y cinéfilas.

La lista de lugares sería interminable, y no pretendemos ni siquiera enumerarlos. La tarea resultaría agotadora, y excede los propósitos de este texto. Pero aún añadiremos un nombre más a la lista: Barcelona. Más que una ciudad, es un territorio mítico, que, al igual que los ya citados, ocupa un espacio fundamental en la imaginación popular.

La Cárcel Modelo; el Barrio Chino como foco de marginalidad; El Molino con su fachada cubierta por aspas rojas, donde las vedettes ofrecían espectáculos atrevidos; los meublés, en cuya intimidad, la alta burguesía cerraba importantes acuerdos; La Rambla, donde siempre se podía encontrar diversión… Los autores catalanes de novela negra han sabido dotar de significado a todos estos sitios, haciendo que entren en la ficción por la puerta grande, retratándolos de manera tan sórdida como idealizada, y muy frecuentemente partiendo de sus propias vivencias.

Sin duda, gracias a las novelas de Jaume Fuster, Manuel Vázquez Montalbán, Andreu Martín y Francisco González Ledesma, escritas en su mayoría entre el tardofranquismo y los primeros años de la democracia, la Ciudad Condal se ha erigido como escenario legítimo para las aventuras suburbanas y los casos policiales. No todo tiene por qué suceder en Londres o Nueva York. Gracias a estos autores, hemos descubierto que en una ciudad cercana también se pueden desarrollar excelentes argumentos criminales.

Comentábamos que estos autores suelen partir de sus propias vivencias. Por eso, su relación con la ciudad se adentra en el terreno de lo personal, lo cual dota de autenticidad a las novelas. En 2002 mantuvimos una entrevista con Andreu Martín, que se publicó en el número 1 de la revista Prótesis. En aquella ocasión le preguntábamos de dónde venía tanta “cultura parda” para describir los bajos fondos barceloneses. Con su respuesta manifestó lo importante que ha resultado su experiencia personal, la vida cotidiana en el entorno que describe: “Supongo que mi padre (anarquista, transgresor y provocador) alimentó mi gusto por el Barrio Chino. Solía perderme por él en los años de la adolescencia, cuando la excitación es aventura. Miraba, veía, preguntaba, me formaba mis historias.”

Para el número 4 de la revista nos entrevistamos con Francisco González Ledesma. Cabe decir que para el autor de Crónica sentimental en rojo, el ambiente de las calles y el retrato de costumbres resulta incluso más importante que para Andreu Martín. Sacaremos a colación una anécdota: en Francia se ha publicado una guía turística dedicada a Barcelona, que comienza con un fragmento de su obra. A este respecto, el escritor nos comentó: “Lo que me interesa es el ambiente, y esto lo veo incluso como un defecto que estoy intentando corregir. Se da mucho en gente de mi generación, que hemos llegado a la novela por medio de la realidad social. Lo que nos marca es el ambiente vivido. Los autores de mi generación hemos estado movidos por el ambiente de la calle”.

Sin duda, esta generación de escritores catalanes ha confesado sus sentimientos a la ciudad. Ahora bien, deberíamos plantearnos si en Madrid se ha desarrollado un movimiento literario similar. En una entrevista que mantuvimos con Juan Madrid en 2003, comentamos la cantidad de escritores de novela negra que han crecido en torno a Barcelona, en contraste con la reducida nómina de escritores que surgieron en Madrid en aquellos años. Sobre este asunto, respondió de forma tajante: “Barcelona fue la primera urbe española. Madrid fue un poblachón manchego hasta 1975. Es normal que Barcelona, sede de la industria editorial y de otras industrias, dé un catálogo de escritores mayor.”

En las siguientes páginas analizaremos la postura de los principales escritores madrileños, así como la de aquellos que, viniendo de fuera, han empleado Madrid como escenario para sus novelas. Podemos encontrar propuestas de todo tipo. Algunos autores intentan retratar en tiempo real –y, si se nos permite el símil, cámara al hombro– la vida en la ciudad. Hay otros que, movidos por la nostalgia, rememoran momentos del pasado, evocan rincones y calles donde nació la amistad, el amor, o incluso el odio. Tampoco faltan, como se verá, el más afilado humor paródico, los thrillers, o el enigma histórico.

La patria chica

Como comentábamos, tradicionalmente, no ha habido demasiados escritores de género en la capital. Cuando se habla de los orígenes de la novela negra en Madrid, resulta complicado llegar a citar media docena de autores. Pero indefectiblemente, sale a relucir un nombre, considerado por todos el verdadero pionero. Y casualmente, ese nombre hace honor a la ciudad. Nos referimos a Juan Madrid, posiblemente el único escritor que durante aquellos años, recién estrenada la democracia, nos ofreció una crónica intimista de la ciudad.

Debutó en las letras en 1980, con la novela Un beso de amigo. El protagonista es Antonio Carpintero, más conocido por el nombre que utilizaba cuando era boxeador: Toni Romano. Ya antes de empezar, está de vuelta de todo. Fue policía. Ahora se gana el pan haciendo chapucillas en las que tiene que emplear los músculos. Por lo dicho hasta el momento, poco hay de novedoso en la novela. Pero si por algo destaca, es por la precisa recreación de ambientes, por la habilidad para captar, como si lo hiciera con una instantánea, la vida en las calles de Madrid. Las recorre invitándonos a un paseo sentimental, con una capacidad para centrarse en los detalles que bien podríamos calificar de galdosiana.

Como no podía ser de otra manera, el forzudo metido a detective Toni Romano, continuaría sus andanzas en unas cuantas novelas más. Las apariencias no engañan (1982), Regalo de la casa (1986), Cuentas pendientes (1995), Mujeres y mujeres (1996), o incluso la reciente Adiós, princesa (2008) son algunos de los títulos en los que Romano se las tiene que ver con dirigentes de extrema derecha, empresarios corruptos y demás ladrones de guante blanco, que se refugian en elegantes despachos.

Decíamos que el principal atractivo de estas novelas reside en la atinada descripción de las calles de Madrid. Pero quizás el gran acierto es que tengan lugar en el barrio de Malasaña, en las calles aledañas a la Plaza del Dos de Mayo. Porque, al igual que Francisco González Ledesma, Juan Madrid retrata las zonas que mejor conoce, aportando un excelente fresco del barrio. En ningún momento tiene la intención de pasearnos por toda la ciudad, ni se molesta en presentarnos los principales museos y monumentos. Le interesa más la vida cotidiana de su protagonista, y se centra en las calles y los bares donde éste pasa los días y las noches.

El autor adelanta temas que volveremos a encontrar en otros escritores de novela negra que utilizan Madrid como escenario de sus tramas. Y entre esos temas, las aspiraciones a una vida mejor que la que se vive en el barrio y los intentos por redimirse de su condición de perdedores. No hace falta añadir que en estas novelas, tales propósitos nunca llegan a buen puerto. En Cuentas pendientes, Toni, padeciendo ya los achaques de la edad, confiesa al lector: “Ahora, treinta años después, tenía que aceptar que no me había alejado demasiado de mi barrio, ni de aquellos sueños. Estaba peor que antes porque mis sueños se habían desvanecido.”

Especialmente interesante, y clarificador para saber de qué forma se acerca Juan Madrid a la ciudad, es su libro Crónicas del Madrid oscuro (1994), compuesto por cuentos sobre “la gente que va a pie por la historia y que nunca sale en ninguna parte”. Dichos cuentos ofrecen pequeños cuadros costumbristas, donde el autor llega a sacrificar la trama con tal de no traicionar las anécdotas que le inspiran. No hace falta hilo conductor, y el escritor no necesita justificarse. Lo que plantea en este libro, tal y como hizo en la saga dedicada a Toni Romano, es el estado de ánimo que produce vivir en la gran urbe.

No obstante, maticemos que al haber tanta implicación en este acercamiento a la ciudad, el autor acusa de forma muy marcada el paso del tiempo. Su relación con la ciudad ha cambiado, y acaba descubriendo que ya no es tan intensa como antes. El retrato que hace de ella se refiere a una época determinada, a unos tiempos que han pasado, y a la postre, resulta apta sólo para nostálgicos. Según nos dijo en aquella entrevista, “Un beso de amigo se terminó de escribir en 1979 y se publicó en 1980. De entonces a esta parte, Madrid y yo hemos cambiado. La ciudad se ha convertido en posmoderna, y yo, no. Simplemente me he hecho más viejo, pero no más sabio”.

Otras miradas

Otro de los promotores de la novela negra en Madrid, fue Jorge Martínez Reverte. Ha escrito obras bastante estimables, y destaca por su agilidad como narrador y un fluido sentido del humor. Sin embargo, no pareció tan interesado en retratar la ciudad.

El protagonista habitual de sus novelas es Gálvez, un periodista intrépido que, desatendiendo a sus superiores, siempre acaba investigando casos criminales, más allá de lo que recomienda la prudencia. Algunos de los títulos de la saga son Demasiado para Gálvez (1980) o Gálvez en Euskadi (1982). Aunque el personaje ejerciese el periodismo en Madrid, siempre encontraba razones para viajar, ya fuese a la Costa del Sol o al País Vasco, involucrándose en investigaciones relacionadas con temas de actualidad, como el caso Sofico.

No obstante, las partes de las novelas que transcurren en la capital, están resueltas con bastante desparpajo. El autor capta muy bien el bullicio de la zona centro, gentes que entran y salen de los comercios, de los cines de la calle Fuencarral… Le bastan unas breves pinceladas para meternos en ambiente. Destacaremos un pasaje de Demasiado para Gálvez: la persecución en el interior del Metro, de la que el detective sale ileso por su conocimiento de la línea 1.

Con todo, Martínez Reverte escribió una novela que merece un comentario más detallado dentro de este texto, dado que expone mejor su relación con la ciudad. Se trata de una novela de tintes periodísticos que transcurre en Madrid: El mensajero (1982). En ésta, aborda el tema del terrorismo, basándose en sus experiencias como periodista. En una entrevista para el periódico El País, le preguntaron cuál era el origen de la historia, a lo que el autor respondió: “He conocido a algunos policías y también a algunos miembros de grupos armados. Pero lo que hizo surgir la novela fue una carta que recibí hace algún tiempo. Yo había escrito un reportaje sobre la muerte de un terrorista del GRAPO, Delgado de Códex. Poco después recibí una carta estremecedora de una chica que había sido su novia. Ahí estaba la contradicción entre el personaje que ella conocía y el otro, capaz de cometer alguna brutalidad”.

A lo largo de la novela, no faltan alusiones a militares de la época y cargos políticos, de manera que se convierte en un documento valioso. El autor hizo una aportación muy llamativa, pero hasta cierto punto, se separa de la novela negra. No pretende buscar el suspense ni cultiva demasiado la acción en esas páginas. Al tratarse de una novela de tesis, el autor se distancia de los personajes, para enjuiciarlos de forma crítica. Y a la vez que se distancia de los personajes, ofrece una visión de la ciudad y sus calles algo fría, aséptica, tal y como corresponde a la historia. Lejos quedan el sentimentalismo y la nostalgia de Juan Madrid. No obstante, El mensajero es una de esas obras prácticamente olvidadas, que bien merecen ser descubiertas.

Pero sigamos indagando en las novelas de entonces: si bien Juan Madrid aportó un paradigma que, como veremos, ha sido seguido en no pocas ocasiones, o Martínez Reverte propuso un tratamiento documental de nuestras calles y lo que en ellas sucedía, no tardarían en aparecer ciertas obras que, estando más centradas en un humor ligeramente paródico, trataban de asimilar los cambios sociales y políticos que entonces se vivían.

Por aquellos años, apareció un escritor tremendamente llamativo, que no frecuentó demasiado los actos culturales, y prefirió darse a conocer a través de sus novelas. David Serafín es en realidad el seudónimo de Ian Michael, galés de origen, que ha sido catedrático de Literatura española en la Universidad de Oxford. Ha vivido largas temporadas en Madrid, ciudad en la que reside actualmente.

Ian Michael ha comentado en alguna ocasión que si adoptó el seudónimo de David Serafín, no fue porque se avergonzase de escribir novela negra. Antes bien, lo hizo para separar sus actividades, y que los lectores no confundieran sus tratados literarios con estas novelas. Ha escrito seis obras, entre las que destacamos Sábado de Gloria (1979), El metro de Madrid (1982), Golpe de Reyes (1983), e Incidente en la bahía (1985). El telón de fondo en todas ellas es un estudio minucioso, no exento de humor, de la Transición política española. Y el protagonista es el comisario Bernal, que deberá emplear todos sus recursos para desenmascarar la verdad en diversos casos criminales.

En una entrevista reciente, el escritor ha relatado la génesis de Sábado de Gloria: “Yo estuve aquí justo después de la muerte de Franco, con una beca. Trabajaba por las mañanas, leía por las tardes. Y alrededor había una gran crispación política. Mucho más que la que hay ahora. Los grises perseguían a los estudiantes en Moncloa. Un día contemplé un incidente: iba en un autobús y vi cómo alguien se había tirado desde un balcón a la acera, vimos cómo la ambulancia se llevó el cadáver. Y ése fue el principio de mi primer libro como David Serafín. Me intrigó aquel suceso, la prensa no publicó nada sobre el asunto, se me quedó en la memoria que la policía había recogido los zapatos. Y me fijé que en ningún lado decían si fue un suicidio u otra cosa. A partir de todas esas intrigas y en medio de aquellas revueltas políticas nacieron mi inquietud narrativa, la novela propiamente dicha y mi seudónimo.”

Sólo dos de las entregas de la saga transcurren fuera de Madrid. En Incidente en la bahía, Bernal y su beata esposa Eugenia van a Cádiz para pasar la Semana Santa. La primera parte de la novela expone perfectamente la actitud de David Serafín, que amalgama el retrato casi folklórico de costumbres, con los temas de la actualidad más candente: ella medita sobre el divorcio que le ha solicitado su marido al tiempo que hace ejercicios espirituales en un convento (sic). Finalmente, Bernal se acabará implicando en la investigación de un caso criminal.

Puerto de luz también transcurre fuera de Madrid, y en ésta, se plantea un doble reto a Bernal: por un lado, debe garantizar la seguridad del presidente del Gobierno, que está visitando Canarias. Y además, tendrá que rescatar a su amante, Consuelo Lozano, que ha sido secuestrada por una “pandilla de independentistas”.

Decíamos que Serafín se caracteriza por sus retratos de costumbres, el sentido del humor, y también por abordar temas de actualidad. Pero lo que hace que tenga una voz única e inconfundible dentro del panorama de la novela negra española es, precisamente, su perspectiva extranjera. En sus novelas, no trata de interiorizar el ambiente, ni tampoco su protagonista tiene una relación especialmente íntima con el entorno que le rodea. Antes bien, este autor se acerca a la realidad española con curiosidad, la curiosidad del que, sintiéndose ajeno a lo que está narrando, intenta comprenderlo. Eso sí, con la sonrisa que le permite su distanciamiento.

Por último, apuntaremos otros aspectos que diferencian a David Serafín de los autores españoles. Tomemos como ejemplo su novela El metro de Madrid. En primer lugar, ésta retrata de forma muy detallada el procedimiento policial, gracias a unos conocimientos de criminología aceptables. No podemos decir lo mismo de los autores españoles, que quizás, por prejuicios más que razonables ante las prácticas de la policía franquista, se resistían a dar credibilidad a unos supuestos nuevos métodos de comportamiento democráticos, que en aquellos primeros años de Transición estaban por confirmarse. Además, esta novela revela un conocimiento sólido del thriller anglosajón, ofrece un estilo bien distinto del que podemos leer en otros escritores, y por ello constituye una rara avis.

Una ciudad taciturna

Como ya hemos apuntado, muchos escritores de novela negra han accedido a la ficción partiendo de la vida en las calles. Por ese motivo, la filiación política, las reivindicaciones sociales, han resultado tan importantes. Los escritores solían plantear, como telón de fondo a sus historias, diversas disquisiciones ideológicas.

Sin embargo, ha habido algún autor que ha situado en primer término la subjetividad de su protagonista –casi siempre un personaje psicológicamente anómalo–, por encima incluso de la realidad social. Estas novelas, cercanas al suspense psicológico, y en buena medida, deudoras de autores como Kenneth Fearing o Patricia Highsmith, no se suelen centrar en el delincuente profesional. Un simple ciudadano, movido por sus miedos, fobias y obsesiones, bien puede protagonizar la intriga.

Podemos considerar a Carlos Pérez Merinero –autor de diversas novelas, como Días de guardar (1981), El ángel triste (1983) o Sangre nuestra (2005), además de coautor del presente estudio– el escritor más contumaz de esta corriente. Lo que caracteriza a muchas de sus novelas es la narración en primera persona; ya desde la primera línea nos acercamos al mundo interior de sus protagonistas, bohemios, muy individualistas, que aspiran a vivir al margen de todo, saboreando el éxito fácil de la delincuencia.

En las novelas de Pérez Merinero, lo esencial es, por tanto, la mente del transgresor, desde cuya perspectiva, poco importa lo que suceda allá fuera. Si sabemos que sus tramas se desarrollan en Madrid es por menciones fugaces, porque muchas veces no llega a mostrarnos la ciudad.

Cabe establecer dos excepciones, dos novelas en las que sí está presente aquélla. En Las noches contadas (1990), el autor se propuso un juego literario, especialmente cómplice con los lectores que conozcan una zona muy específica de Madrid, el Barrio de la Concepción, donde el autor lleva más de cuarenta años viviendo. El juego consiste en mencionar de manera exhaustiva todas y cada una de las calles en las que transcurre la acción. Pero, y aquí aprovechamos para hacer el matiz, en esta novela, no retrata el bullicio del centro ni hace hincapié en la vida de barrio; antes bien, prefiere mostrar Madrid de manera taciturna, cuando sus calles están vacías, de forma que el espacio descrito se adecúa al sentimiento de extrañeza que provoca en el protagonista el rumbo que está tomando su vida. Además, abundan los paseos nocturnos por la ciudad, en cuyas penumbras se aíslan los personajes, mientras satisfacen sus secretas y personales pasiones.

Desgracias personales (1993) también nos acerca a las calles de Madrid, pero la veremos con los ojos de una mujer que ha cometido un crimen. Por lo tanto, su mirada también va a ser crepuscular. En ningún momento asistiremos al esplendor de la ciudad, ni veremos la fuerte luz del mediodía. Pérez Merinero nos mostrará la ciudad centrándose en barrios residenciales, donde no hay demasiados comercios, y poca gente pasea después de las diez de la noche. Y la veremos cuando las farolas empiezan a encenderse, la mayoría de la gente vuelve a casa después de una dura jornada de trabajo, y alguien queda, dispuesto a perderse en la noche.

No podemos dejar de mencionar al historiador cinematográfico y novelista Carlos Aguilar. Dos de sus novelas negras transcurren en Madrid: La interferencia (1990) y Nueve colores sangra la luna (2005). En ambas, se dan cita las constantes del autor: personajes obsesivos que intentan burlar la muerte en un ambiente decadente, grandes dosis de introspección y un entorno extraño, cambiante.

Al igual que Pérez Merinero, Carlos Aguilar cultiva el suspense psicológico, y sólo en apariencia pudiera resultar realista. En las dos novelas, nos presenta un Madrid fantaseado, en el que viven sus muy singulares personajes. En una entrevista realizada en 2006, nos comentó: “Lo que mis personajes ven fuera quizás sólo esté dentro de ellos”. Desde este punto de vista, La interferencia sería su propuesta más radical. En ella, dos asesinos a sueldo son reunidos en Madrid, para liquidar a un miembro conflictivo de la todopoderosa Organización para la que trabajan. La violencia y los numerosos elementos eróticos van creando un clima de pesadilla. Nos adentraremos en el submundo de los criminales hasta tal punto, que Madrid nos resultará irreconocible. En palabras de Carlos Aguilar: “La ciudad se va distorsionando al socaire de lo que sucede a los personajes”.

Juan Ramón Biedma también nos ofrece una visión particular de nuestra ciudad. En El imán y la brújula (2007), un buscavidas llamado Éctor Mena, es requerido para localizar dos películas. Junto a una tercera que acaba de salir al mercado negro, constituyen una trilogía conocida con los títulos de Donatien, Alphonse y François, los tres nombres del marqués de Sade.

Esta investigación tiene lugar en el Madrid de 1926, poblado de bohemios y prostitutas, de literatos e indigentes. Biedma emplea una voz narrativa sofisticada, que convierte los espacios cotidianos –ese ambiente puramente castizo, poblado por canallas de toda ralea– en algo extraño. Nos enseña nuestra ciudad de manera insólita, como si la viésemos reflejada en los espejos deformantes del callejón del Gato.

Cualquier tiempo pasado

Los escritores que, como Juan Madrid o Jorge Martínez Reverte, protagonizaron el boom de la novela negra española, nos plantearon tramas de todo tipo, casi siempre vinculadas a la actualidad: desde el 23-F hasta los más famosos casos de corrupción inmobiliaria; desde tramas protagonizadas por ciudadanos anónimos, hasta otras en las que policías, militares y políticos combatían el terrorismo. Todo ello, plasmado en tiempo real, sin cortes.

Sin embargo, según se ha acercado el siglo XXI, cada vez ha habido más escritores que, en lugar de retratar la realidad del momento, han preferido mirar atrás, para plasmar esa época de convulsiones políticas y sociales, la Transición española, sobre la que, al parecer, aún no está todo dicho.

Cada acercamiento a esa época obedece a unos intereses propios. Algunos escritores intentan efectuar una relectura crítica, plasmando el desencanto ideológico. Quizás, y sin quizás, el suyo propio. Otros, siguiendo el aforismo que decía, “cualquier tiempo pasado fue mejor”, se muestran reacios a aceptar los cambios que se han producido en nuestras ciudades. Los hay que sienten añoranza de su patria chica, y ensalzan los recuerdos de adolescencia en el barrio en el que crecieron. Y no faltan los que, jugando con elementos de la cultura popular, plantean un himno generacional que nos lleve a ese pasado.

Ya desde su primera novela, Juan Madrid retrataba sus escenarios en presente, dejando un testimonio directo de la ciudad en aquellos años. Sin embargo, estos escritores que ahora vuelven al pasado, están obligados a ofrecernos una mirada mucho más personal, en la que las vivencias y los sentimientos se ven tamizados por el paso del tiempo y, lo que es más importante, por los recuerdos. Intentan retratar una ciudad que ya no existe más que en su memoria. Por tanto, su testimonio ha de inevitablemente subjetivo.

Una obra que rememora con especial intensidad aquellos tiempos es Para matar (1996, reeditada en 2007), de Mariano Sánchez Soler. La novela relata un caso real, el asesinato de la estudiante Yolanda González a manos de un grupo ultraderechista, que tuvo lugar en 1980. Se trata de un caso que el autor ha seguido con mucho interés a lo largo de los años, pues también lo abordó en clave de ensayo en el libro Los crímenes de la democracia (1989).

La razón que lleva al escritor a hurgar una y otra vez en esta misma herida reside en la implicación que tuvo con todo lo que nos cuenta. Él frecuentaba los mismos ambientes que la asesinada, y también era estudiante por aquella época. Incluso se llegaron a conocer. Por eso, el tono de la obra es tan marcadamente pasional. Porque supone una desgarrada elegía, un tributo póstumo.

Narrada en primera persona, Para matar recrea el ambiente estudiantil de entonces. Las calles, los institutos, las asambleas, las manifestaciones… Habilidosamente, Mariano Sánchez emplea un tono de novela juvenil, y desde esa perspectiva nos muestra la ciudad, para llevarnos a una ambiciosa reflexión final: fue “una generación traicionada por su propia gente” la que tomó decisiones importantes en aquellos años.

No sabemos si el político Joaquín Leguina tomó o no decisiones importantes. Aquí sólo diremos que en la decisión de escribir novela negra, optó por una suerte de costumbrismo que intentaba combinar un a veces críptico ajuste de cuentas con adversarios y correligionarios, y un destilado de lecturas de los clásicos policíacos, a veces hecho en estado de insomnio, después de no poder dormir por sus muchas y atareadas faenas políticas. Véanse al respecto Tu nombre envenena mis sueños (1992), Por encima de toda sospecha (2003) y Las pruebas de la infamia (2006).

No podemos dejar de mencionar una novela, Historias que nos pertenecen (2002), de Rafael Fuentes. Como es habitual en algunos de los escritores que comentamos, el autor se muestra crítico con el tiempo presente, hablando de un pasado que pudo ser duro, pero que se afrontó con mayor entereza moral. El resultado es una crítica a la falta de valores en la época actual, a nuestro Madrid, donde la gente se ampara en sus rutinas, para no tener que escuchar las historias que nos pertenecen, ésas que guarda –y ya por poco tiempo– algún sabio anciano. Gran parte de la narración transcurre en el Madrid sitiado de 1936. Entonces, los hombres salían armados a la defensa de un ideal, intentando defender lo propio…

Si bien hay autores que intentan mostrarnos nuestro pasado desde una perspectiva histórica, no faltan los que, aparentemente alejados de las tensiones políticas, sí muestran una marcada añoranza por aquellos años. Puede que en esa elección ocupen un lugar destacado diversos elementos de la cultura popular, las canciones que entonces escuchaban en la radio, vivencias individuales, o simplemente, el hecho de que esos fueron los años de su educación sentimental. Algo que quizás les haga conectar con lectores que se encuentran en la misma sintonía.

En Guapa de cara (2004), Rafael Reig plantea un juego metaliterario con ribetes de novela negra. La realidad se funde con la fantasía, y el creador –el escritor– acaba mezclándose con sus propias criaturas. La protagonista es Lola Eguíbar, que ha muerto de un tiro. Habrá una investigación de su muerte, de la que se encargará nada menos que el espíritu de la fallecida. Y de su mano, nos sumergiremos en su pasado, y también recorreremos Madrid. En este paseo, lo más importante no será la identidad del asesino; antes bien, la identidad de la propia Lola se verá sometida a examen.

Evidentemente, el autor ofrece un retrato de Madrid idealizado y rebosante de fantasía, donde lo esencial se encuentra en determinados espacios que, para la protagonista, el tiempo ha convertido en míticos. Rafael Reig nos presenta la vida de una generación, la del baby boom, a través de los ojos de un fantasma. Muchos lectores podrán pensar que se trata de una obra fantasiosa. Sin embargo, el autor demuestra olfato, al retratar determinadas situaciones y vicisitudes que los de esa generación han atravesado.

Pero hay escritores que personalizan este retrato generacional, buscando una relación más íntima con la ciudad. Incluso parecen volver a las propuestas que hiciera Juan Madrid a principios de los ochenta, al retratar –desde el recuerdo– la vida en el barrio. El descampado donde tuvo lugar la primera pelea, el parque que frecuentaban los amigos, los bares donde pasaban las tardes… Todos esos escenarios de la vida cotidiana alimentan la mitología privada del escritor. La insobornable ética de barrio, por emplear la expresión de David Torres, constituye su educación, y les ha ayudado a salir adelante.

La novela reciente Deudas pendientes (2006), de Antonio Jiménez Barca, supone una interesante aportación al respecto. Como veremos en otras ocasiones, la acción se bifurca entre el presente y un pasado que no se ha terminado de olvidar. Pablo se encuentra en el metro con Trendy, su mejor amigo de la adolescencia. Horas después, éste muere apuñalado en la calle Fuencarral. El suceso llevará al protagonista a hurgar en esa amistad, en todo lo que vivieron durante su adolescencia. Y recordará el barrio de San Blas, donde vivían entonces.

Uno de los aciertos de la novela reside en la incorporación del argot juvenil, sus apodos, sus costumbres y las formas de diversión. Deudas pendientes nos ayuda a evocar y recuperar un montón de momentos de la vida cotidiana, al aportar un retrato emocionado, bien que costumbrista, de toda una generación. Para Jiménez Barca, lo más importante de aquellos años no se encuentra en las crónicas políticas, sino en las experiencias personales.

David Torres también se muestra nostálgico en sus dos novelas negras, El gran silencio (2003) y Niños de tiza (2008). Muchas veces ha comentado que con estos libros, quiere mostrar “la Transición en pantalones cortos”. Dejando a un lado el humor provocativo de tal afirmación, vemos que se trata de toda una declaración de principios. Torres ha comentado en muchas ocasiones que los de su generación –los nacidos en los años sesenta–, que vivieron sus infancias y adolescencias en plena Transición, están acostumbrados a que se recuerde aquella época por sus circunstancias políticas. Sin embargo, es ahora cuando empieza a surgir una forma más personal de acercarse a aquella época, donde tienen más importancia las voces de los que entonces fueron niños que el peso de los acontecimientos históricos.

Con sus novelas, David Torres aborda un espacio conocido, pero que la literatura apenas había frecuentado. Un barrio de la periferia de Madrid, como San Blas, durante la década de los setenta, ofrece muchas posibilidades, multitud de historias que contar: traficantes de heroína, curas rojos, madres abnegadas, bandas callejeras… Y él ha sabido aprovecharlas.

El protagonista de estos títulos es el boxeador Roberto Esteban, retirado después de un combate poco afortunado en México, que le dejó secuelas imborrables. Después de eso, Esteban sólo se ha podido dedicar a lo único que sabe hacer bien: dar hostias. Gana dinero aquí y allá, impartiendo lo que él considera justicia callejera, poniendo en alquiler su musculatura para propinar palizas por encargo.

Lo que singulariza estas novelas es la forma poética con que se acercan a la vida de barrio. Si bien en El gran silencio, David Torres nos sumergía en los laberintos de la mitología grecolatina, convirtiendo las peleas en el ring en enfrentamientos entre gladiadores, en Niños de tiza, el autor se decanta por un registro igualmente lírico, pero más centrado en la poesía de los momentos cotidianos, buscando una mayor sencillez. El acierto de Niños de tiza consiste en recuperar la perspectiva infantil. No pretende retratar los procesos políticos vividos en aquellos años; antes bien, el autor prefiere mirar aquella época con los ojos de la infancia, es decir, de manera intuitiva, y donde predomina la imaginación.

Sucedió en Madrid

Después de tantos años, nuestra ciudad se ha legitimado, y de qué espuria manera, como terreno de ficción. Basta con ver algunas películas norteamericanas, como El ultimátum de Bourne (2007), que nos muestran el casco antiguo de Madrid como escenario de violentas intrigas de espionaje.

Sin embargo, cabe preguntarse si este acercamiento a la capital, nos habla realmente del ambiente y las costumbres, o sólo toman la ubicación por lo exótico, sin profundizar en nuestro entorno, a la manera de un turista japonés que almacena fotografías, como el que colecciona cromos que nunca volverá a mirar.

Con todo, la globalización en el mundo de la cultura es un hecho, y ya podemos hablar de un mercado internacional en el que nuestros escritores deben competir en igualdad de condiciones con los autores de cualquier otra nacionalidad. Ello impone un tratamiento de los temas, de los espacios, diferente del que hemos visto hasta ahora, porque las obras se dirigen a auditorios más amplios. Por esa razón, parece interesar poco lo típicamente local, y se acaba imponiendo una visión cosmopolita de la ciudad.

Con El caso Saldaña (2008), Pedro de Paz plantea habilidosamente una trama que indaga en ciertos misterios de carácter histórico y esotérico relativos a la ciudad de Madrid. No obstante, en su visión de la ciudad no influye demasiado la experiencia personal, y no demuestra una querencia especial por ninguna zona de la urbe. Utiliza sus calles y sus barrios como un extenso mapa turístico donde situar una intriga que se desarrolla de manera fluida, siguiendo las técnicas del best seller.

Podemos citar otro thriller, como El mundo se acaba todos los días (2005), de Fernando Marías. La precisión en el manejo de la trama nos hace pasar las páginas a ritmo febril. No obstante, respecto al tema que nos ocupa, veremos que las menciones a la ciudad también son distantes. La muestra con poca o ninguna implicación. Pese a detalles puntuales, como que la novela comience cuando un chico ve a la chica de sus sueños en una cafetería de Atocha, cuando se producen los atentados del 11-M, podríamos decir que si el argumento se ubicara en otra ciudad distinta, apenas se vería alterado. Por contraste, pensemos por un momento si cualquiera de las novelas de Juan Madrid tendría sentido, desarrollándose en Salamanca, Gijón o Valencia.

Aún podemos encontrar excepciones a la norma. Destaca en este sentido A timba abierta, de Oscar Urra, novela que, con cierto humor castizo, nos pasea por Tirso de Molina, mostrándonos lo que allí se cuece.

Pero al margen de contadas excepciones, cada vez más, encontramos retratos de la ciudad escritos a vista de pájaro, donde el costumbrismo deja paso a un desarrollo de las tramas que no repara en los pequeños detalles, ni en los personajes anónimos que a veces habíamos encontrado en la obra de autores más veteranos.

Ciudad no conquistada

Después de todo lo expuesto, volvamos al punto de partida. Frente a la cantidad de autores catalanes que han convertido Barcelona en un escenario vivo, donde se suceden las tramas policiales, en Madrid cuesta trabajo encontrar una continuidad. En la actualidad, si no siempre, parece como si la ciudad se resistiese y fuera una plaza difícil de conquistar por y para la novela negra.

Con la más que probable excepción de Juan Madrid, que nos ha legado un fresco de sus calles difícil de olvidar, muchos de los escritores posteriores se han acercado a ella con demasiados remilgos, como si temiesen perderse en sus rincones, y sólo encontraran escapatoria en una muy personal evocación nostálgica de sus propios recuerdos. En el otro extremo, los hay que contemplan la ciudad como si fuesen extranjeros, de paso por un lugar que les resulta ajeno.

Pero Madrid está ahí, aquí, llena de historias que merecen ser plasmadas en el papel. Sólo hacen falta escritores –y algunos ya los hay– que nos cuenten lo que sucedió, y también lo que está sucediendo, en tiempo real. Cada uno en su estilo, intentando atrapar la esencia de la ciudad, siempre cambiante pero sin dejar de ser lo que es: un escenario tan atractivo como Barcelona, Londres, París, Chicago o Nueva York. Sólo falta ponerse a ello. Y al final, quién lo hubiera adivinado, quizás podremos decir que, de una vez por todas, hemos conquistado Madrid. Aunque sólo sea para la novela negra, que ya es bastante.

Fuente y copyright: David G. Panadero y Carlos Pérez Merinero. Reproducido con permiso de los autores.

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